A los 85 años, el cantante se presentó con entradas agotadas y repasó 27 canciones en un show de dos horas. Hubo anécdotas, bromas sobre el paso del tiempo y un cierre multitudinario y emotivo con “Yo tengo fe”.
Recordar fue la consigna que marcó el show que Palito Ortega (85) brindó este viernes 16 de octubre en el Teatro Ópera, colmado de fanáticos y con entradas agotadas, donde repasó las canciones más emblemáticas de una trayectoria musical de más de seis décadas en el marco de su gira Palito Por Siempre.
El tour comenzó el 7 de marzo en Mar del Plata y, desde entonces, el intérprete recorrió distintas localidades de Argentina y Uruguay, entre ellas Bahía Blanca, Paraná, Salta, Catamarca, Lomas de Zamora, Córdoba, Junín, Cañuelas, Montevideo, Comodoro Rivadavia, La Plata, Tucumán, Rosario y Resistencia.
Siete meses después, Palito desembarcó en el teatro porteño para ofrecer un espectáculo de dos horas con 27 canciones que reconstruyó las distintas etapas de su discografía y reafirmó la vigencia de un repertorio que ya forma parte de la cultura popular argentina.
Con una puesta en escena cuidada y anécdotas que enriquecieron el recorrido musical, el cantante de 85 años ratificó su peso en la escena local y demostró cómo sus canciones siguen tendiendo puentes entre las distintas generaciones.
El show estaba previsto para las 21:30, pero la expectativa se hizo sentir mucho antes. A las 19:45, numerosos seguidores se reunieron en la entrada del Teatro Ópera, donde el frío primaveral de Buenos Aires (14?°C) no logró aplacar el entusiasmo, agotando todas las localidades y motivando el anuncio de una nueva función para el viernes 23 de octubre.

Una larga fila de fanáticos se formó en la avenida Corrientes. La mayoría, de entre 40 y 70 años, llegó para reencontrarse con las canciones que acompañaron distintas etapas de sus vidas, muchos con hijas o nietas.
Doce minutos después de la hora pactada, la sala estaba casi colmada; las palmas y los aplausos iniciaron la noche, y un breve apagón de luces desató la euforia que precedió la salida de Palito al escenario.
La apertura estuvo a cargo de su sobrina nieta, Matilda Salazar, hija de la modelo Luciana Salazar.
“Él me invitó al show del Teatro Ópera para que yo lo presente y yo exploté de la alegría. Así, ahora, les presento a mi tío abuelo: Palito Ortega”, declaró la pequeña de 8 años.

Palito apareció acompañado de una banda en vivo (guitarras, piano, bongós, batería, bajo, saxofón) y tres coristas. Abrió con Un muchacho como yo y Bienvenido amor, transportando al público a la década del 60.
La seguidilla de clásicos continuó con Viva la vida y Corazón contento, cantados a coro por el público, creando una “cápsula del tiempo” sin la interrupción de los celulares.
Con Despeinada y La felicidad, el teatro se convirtió en un karaoke multitudinario. Ortega recibió con asombro la respuesta espontánea del público, prueba de que sus canciones siguen vivas en la memoria colectiva.

El humor estuvo presente: ‘Yo ya no tengo edad para andar cantando una canción tras otra, me agito mucho’, bromeó, quitándole solemnidad al paso de los años.

Ortega reflexionó sobre la positividad y la perseverancia, recordando cómo a los 16 años dejó su Tucumán natal en busca de oportunidades en Buenos Aires y cómo la admiración por Domenico Modugno lo impulsó a una gira de 17 conciertos por Italia.
Al entonar Vestido de novia y Lo mismo que a usted, el espectáculo tomó un tono íntimo, mientras un silencio profundo envolvía la sala.
El momento más romántico llegó con Mi primera novia, canción que dio título a la película homónima de 1966, donde Ortega compartió protagonismo con Evangelina Salazar. Ortega invitó a su esposa a subir al escenario y bailar un lento bajo la mirada atenta del público.

Rendió homenaje a Rocío Dúrcal, cuya película musical Amor en el aire (1967) también formó parte de su historia; su hija Rosario se sumó al espectáculo mientras se proyectaban escenas del filme.
Ortega recordó la llegada de Frank Sinatra a Argentina en 1981, los desafíos económicos que implicó y la conversación con el entonces ministro de Economía, Lorenzo Sigaut, durante la dictadura.
El cantante destacó el interés de Sinatra por la balada Sabor a nada, compuesta junto a Dino Ramos.

Rindió tributo a Violeta Rivas interpretando ¡Qué suerte!, y compartió escenario con su guitarrista Lalo Fransen, quien interpretó El martillo y Oye niña. Ortega cambió de traje y volvió con un popurrí de Decí por qué no querés, Camelia y Que Dios te bendiga.
Hizo un guiño a Elvis Presley y, con energía rockera, interpretó Popotitos y La Plaga, demostrando por qué sigue siendo un auténtico showman.

Recordó sus raíces tucumanas con Changuito chaqueño, y celebró el Día de la Madre con Se parece a mi mamá. También presentó Marcha del amor, nueva incorporación a su repertorio.
El clímax llegó con Voy cantando, cuando los espectadores se levantaron para cantarla al unísono; el público, emocionado, pidió “¡Una más y no jodemos más!” y Ortega regresó al escenario para cerrar con Medianoche y, finalmente, Yo tengo fe, transformando el Teatro Ópera en un coro multitudinario.